

El amor se percibe en lo que hacemos cada día. Se manifiesta en el fruto del Espíritu que actúa en nuestras vidas, en nuestro comportamiento y en la forma en que tratamos a los demás.
Cada gesto de bondad refleja una parte de ese amor que Dios ha puesto en nosotros.
Así como un diamante brilla de diferentes maneras al girarlo en la luz, el amor también tiene múltiples facetas que se revelan según la mirada y la actitud del corazón.
El apóstol Pablo, en 1 Corintios 13:4-7, describe esas manifestaciones: «el amor todo lo soporta, no envidia, no presume, no es orgulloso, no actúa con rudeza, no busca lo suyo, no se alegra de la injusticia y todo lo espera».
Cada una de estas virtudes revela cómo el amor verdadero trasciende las palabras y se convierte en acción constante.
Dios nos mostró su amor al enviarnos a Jesús, quien vivió perfectamente cada una de esas facetas.
Su vida expresó la paciencia, la compasión y la misericordia descritas por Pablo.
Incluso frente a la oposición, Jesús actuó con amor, perdonando, sirviendo y restaurando.
El apóstol Juan declara en 1 Juan 4:8 que “Dios es amor”.
Por eso, cuando amamos, reflejamos su naturaleza divina.
Como hijos suyos, tenemos la oportunidad diaria de mostrar ese amor a otros, compartiendo lo que primero recibimos.
Colosenses 3:12-14 nos invita a revestirnos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, perdonando y amando como Él lo hace, porque el amor es el vínculo perfecto que mantiene unida la vida cristiana.
Redacción Revista El Orador