

Dwight Howard, reconocido jugador de baloncesto, construyó una carrera brillante desde sus días escolares. Su talento lo llevó rápidamente a la NBA, la liga profesional más importante de América del Norte. Sin embargo, detrás de su éxito deportivo existe un propósito más profundo: glorificar a Dios mediante su desempeño en la cancha.
Howard siempre entendió el baloncesto como una plataforma para servir a un propósito espiritual. Su meta no fue únicamente ganar campeonatos o fama, sino compartir su fe con el mundo. Cada partido, cada entrenamiento y cada victoria representan para él una oportunidad para honrar al Creador.
Durante una entrevista, la estrella afirmó con convicción: “Mi misión era predicar la palabra de Dios en la NBA y aprovechar esta oportunidad como una plataforma para llevar a Dios a las personas”.
A lo largo de su carrera, Howard enfrentó dificultades y errores personales, pero su fe lo sostuvo en todo momento. El atleta confesó haber tomado decisiones equivocadas que afectaron su vida personal y profesional, sin embargo, nunca abandonó su relación con Dios.
“Soy un hombre de fe, creo enDios y siempre voy a creer en Él”, declaró con firmeza mientras juega para el equipo de Philadelphia.
Howard reconoce que la fama y el orgullo pueden desviar el propósito original, pero su encuentro con la gracia divina lo ayudó a reenfocar su vida. Comprendió que la verdadera victoria no está en los trofeos, sino en la transformación interior que solo Dios puede realizar.
El basquetbolista compartió un testimonio sincero sobre su pasado: “Fallé en el pasado pues tuve un hijo antes de casarme, y mi actitud dentro del equipo era de orgullo”.
Sin embargo, agregó: “Comprendí en medio de todo esto que Jesús murió en la cruz por nuestros pecados. Si Él está dispuesto a perdonarnos, ¿por qué no podemos perdonarnos unos a otros?”.
Su historia refleja un camino de humildad, aprendizaje y fe restaurada. Howard utiliza su experiencia para inspirar a otros atletas y jóvenes a buscar una relación genuina con Dios, basada en el perdón, la responsabilidad y el amor.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR