

Guno caminaba por una antigua ciudad de Oriente durante una noche sin luna. Llevaba una lámpara de aceite encendida mientras avanzaba entre calles silenciosas. Las viviendas permanecían oscuras porque la ciudad carecía de iluminación nocturna. Durante su trayecto, un amigo se cruzó con él y observó su rostro. Luego de unos instantes, reconoció que se trataba de Guno, el ciego conocido por todos. El amigo expresó sorpresa al verlo con una lámpara en la mano, pues entendía que Guno no podía ver. A continuación, le preguntó por qué llevaba luz si no podía distinguir el camino. Entonces, Guno explicó con serenidad y firmeza. Conocía cada calle debido a muchos años recorriéndolas en completa oscuridad. Sin embargo, decidió portar la lámpara para que otros pudieran verlo y orientarse. Así, su luz no servía para él mismo, sino para quienes caminaban cerca.
De esta manera, Guno iluminaba el sendero para otros viajeros. Cada persona puede alumbrar el camino propio y también el ajeno. Aunque alguien crea no necesitar luz, quizá otro dependa de esa claridad para no tropezar. Sin embargo, iluminar la ruta colectiva requiere responsabilidad. Varias veces las personas oscurecen el paso de otros a través de actitudes negativas. El desaliento, la crítica constante, el egoísmo, la falta de amor, la agresión o el resentimiento pueden convertir la luz en sombra. Resultaría hermoso que cada individuo decidiera iluminar, acompañar y fortalecer el andar de los demás. Una luz entregada con amor puede transformar una noche entera, incluso cuando nace de quien aparentemente vive en tinieblas.
Jesús enseñó a las multitudes que Él es la luz del mundo. Afirmó que quienes lo siguen no caminarán en tinieblas, sino que tendrán la luz de la vida. Este mensaje aparece registrado en Juan 8:12 y muestra un contraste directo con la oscuridad espiritual. Las Escrituras indican que la luz llegó al mundo, pero muchos prefirieron la oscuridad debido a sus acciones. Así lo declara Juan 3:19. En medio de tanta maldad, el creyente puede afirmar que Dios ilumina aun en los lugares sombríos. Miqueas 7:8 expresa esa confianza. Esa luz permanece para quienes deciden seguirla y sostenerla en su corazón.
Más adelante, Jesús explicó que Él regresaría al Padre. La gente no podría seguirlo si persistía en su incredulidad. Los oyentes preguntaron quién era realmente. Entonces, Jesús respondió que siempre habló lo que el Padre le enseñó. Él no actuaba por cuenta propia, sino en obediencia. También aseguró que el Padre permanecía con Él porque cumplía su voluntad. Mientras Jesús hablaba, muchas personas creyeron en Él y recibieron su mensaje.
Jesús continúa invitando a cada persona a recibir su luz. Esa luz guía, orienta, fortalece y da vida eterna. Así como Guno iluminó el camino físico de otros, Cristo ilumina el camino del alma. Quien lo sigue encuentra dirección, esperanza y sentido continuo en su andar.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR