

En la política, el nepotismo representa uno de los actos más corruptos y destructivos. Consiste en favorecer a familiares para ocupar cargos de poder, ignorando el mérito y la justicia. Este comportamiento resulta repugnante para la sociedad porque rompe el equilibrio ético y promueve la desigualdad. Sin embargo, este mal no se limita a los gobiernos seculares; también ha alcanzado al pueblo de Dios.
El rey Saúl fue un ejemplo clásico de nepotismo. Aunque sabía que Dios había elegido a David como su sucesor, intentó imponer a su hijo Jonatán en el trono. Su ira, celos y envidia lo llevaron a desobedecer abiertamente a Dios. La Escritura relata cómo Saúl intentó matar a David para preservar el supuesto futuro de su hijo, demostrando que había perdido el temor divino. Cuando el hombre reemplaza la voluntad de Dios por sus propios intereses, la injusticia reina y el espíritu se corrompe.
El nepotismo dentro de la iglesia también corrompe el propósito sagrado del ministerio. Muchos líderes olvidan que solo Dios llama, prepara y equipa a sus siervos. El liderazgo espiritual no es hereditario ni se transmite por sangre. Un título teológico no otorga autoridad espiritual si Dios no lo respalda con su llamado.
Hoy, algunos pastores se aferran a sus cargos como si fueran propiedad personal. Modifican reglamentos, manipulan procesos y preparan el camino para sus hijos, no por vocación, sino por conveniencia. Otros van más lejos: persiguen y desacreditan a quienes consideran amenazas. Se convierten en obstáculos para la obra divina, demostrando que el temor de Dios se ha desvanecido de sus corazones.
El apóstol Pedro recordó: “Dios no hace acepción de personas y juzga con justicia.” (1 Pedro 1:17). En el reino de Dios no hay espacio para el favoritismo ni para el poder humano disfrazado de espiritualidad.
A pesar de la corrupción humana, Dios sigue actuando. Él no abandona su propósito, sino que trabaja en el corazón de los verdaderamente llamados. Mientras los “Saúles” modernos buscan perpetuar su linaje, Dios pule el carácter de los “Davides” que serán sus próximos instrumentos.
El Señor enseña paciencia, humildad y dependencia total de Él. Aunque algunos puedan perder cargos, el ministerio verdadero nunca se pierde, porque proviene directamente del cielo. El nepotismo podrá colocar hijos en posiciones visibles, pero jamás podrá otorgar un llamado divino.
Solo aquellos que fueron escogidos por Dios desde el vientre materno, como José, cumplen su destino espiritual. Los que usurpan cargos por herencia cosecharán los frutos de su injusticia, porque “el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere” (Colosenses 3:25).
Fuente de Información, La Verdad Ahora
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR