

Cuando cumplí 16 años, comencé a preguntarme cómo podía servir mejor a Dios. Han pasado más de cuarenta años desde entonces, y he dedicado mi vida a Su servicio en diversas áreas, especialmente en la consejería familiar. En este camino, he visto de cerca cómo muchos padres confunden su rol y, sin darse cuenta, crían hijos heridos, inseguros y sin identidad sólida.
Durante veintisiete años he dirigido el programa de radio y televisión ENCUENTRO (www.encuentro.ca), donde miles de historias familiares han llegado a mis oídos. Cada testimonio revela una lección sobre amor, responsabilidad y fe. Escuchar a tantos hijos culpar a sus padres me ha enseñado algo fundamental: ser padre es una vocación de tiempo completo.
No hay espacio para la cobardía ni para la indiferencia. Ser padre requiere valentía, disciplina y ternura. Implica formar, proveer y modelar con el ejemplo diario.
He visto padres que sienten que sus hijos les roban la libertad. En lugar de abrazar la responsabilidad de criarlos, muestran frustración o agresividad hacia quienes más los necesitan. Olvidan que un hijo no pidió venir al mundo, pero su llegada trae alegría, propósito y bendición.
Dios aprueba y bendice la paternidad cuando se ejerce con amor, dentro de los principios de Su Palabra. Los hijos son un regalo divino, una herencia para cuidar y guiar. La Biblia lo expresa claramente: “Los hijos son la herencia que nos da el Señor; los frutos del vientre son la recompensa que viene de Dios.”
Criar un hijo no se reduce a cubrir sus necesidades materiales. También significa enseñarle a vivir con valores, respeto y fe, inspirándolo con el ejemplo. Nuestro deber como padres es que amen la lectura, la educación y, sobre todo, que vean a Dios reflejado en nuestro comportamiento.
El verdadero modelo para un hijo no está en la televisión ni en la escuela, sino en su hogar. Los padres somos la primera imagen de autoridad, amor y coherencia.
El apóstol Pedro nos recuerda que el valor no está en la apariencia externa, sino en el corazón: “Que su belleza sea la del espíritu afable y apacible, de gran valor ante Dios.” (1 Pedro 3:2-4).
Mostrar amor constante debe formar parte esencial de nuestra enseñanza. No permitas que las heridas de tu pasado determinen cómo corriges a tus hijos. Educar implica guiar, pero también abrazar, escuchar y perdonar.
Corregir con amor no es abusar. La Biblia enseña: “Con la vara y la corrección se aprende, pero el hijo malcriado avergüenza a su madre.” (Proverbios 29:15). Y continúa: “Corrige a tu hijo y vivirás en paz; te sentirás orgulloso de él.” (Proverbios 29:17).
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR