

En Argentina se percibe un ambiente cada vez más denso de antivalores, donde las fronteras entre lo correcto y lo inmoral parecen desdibujarse.
En poco tiempo, la sociedad comenzó a naturalizar conductas antes consideradas aberrantes, aprobando comportamientos que erosionan los principios fundamentales de convivencia y respeto.
Incluso, una organización no gubernamental solicitó declarar al país en “Emergencia moral”, alertando sobre la degradación cultural que atraviesa distintos sectores.
La televisión nacional, según organismos especializados, ocupa el triste primer lugar entre las más obscenas del mundo hispanohablante.
Durante horarios familiares, los programas exhiben contenidos inmorales que superan lo grosero y se convierten en modelos de vulgaridad.
Este fenómeno resulta alarmante cuando pensamos en nuestros hijos y nietos, quienes absorben lo que ven y escuchan.
Cada mensaje mediático moldea su visión del mundo, edificando o corrompiendo su alma, sembrando valores o antivalores, guiándolos hacia la luz o la oscuridad.
El deterioro no se limita a los medios; abarca todos los ámbitos de la sociedad.
Funcionarios públicos ingresan con modestos patrimonios y abandonan sus cargos enriquecidos, mientras fiscales o jueces negocian impunidad como si fuera una mercancía.
En las calles, delincuentes cada vez más jóvenes actúan sin temor ni esperanza, reflejando un vacío moral alarmante.
Empresarios sin escrúpulos viven esclavos de la codicia, obedeciendo únicamente a la voz de sus bolsillos.
Por otra parte, la tecnología abrió puertas peligrosas: cualquier perverso puede infiltrarse en los hogares mediante un chat y envenenar el alma de un niño indefenso.
La inequidad social, sumada a los malos ejemplos provenientes del poder, agrava la sensación de desamparo colectivo.
Ante esta realidad, urge reconstruir referentes éticos que devuelvan sentido, dignidad y propósito a la vida en comunidad.
Frente a tanta confusión, la familia se convierte en el primer bastión de resistencia moral.
Padres y abuelos deben dedicar más tiempo a dialogar con los niños, ayudándolos a comprender lo que ven, oyen o leen cada día.
Resulta esencial sembrar principios cristianos sólidos, guiando sus decisiones desde la fe, antes de que las malas influencias definan su destino.
Conviene enseñarles a decidir con anticipación: nunca aceptar droga, jamás tocar lo ajeno, mantener pureza antes del matrimonio y vivir con honestidad absoluta.
Además, la oración diaria se vuelve un escudo invisible, capaz de protegerlos del daño espiritual y de fortalecer sus convicciones.
Solo mediante el ejemplo, el diálogo y la fe activa, podremos construir una generación capaz de restaurar los valores perdidos y recuperar la esperanza nacional.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR